Lenguas de gatos
Si bien las peleas de gallos son aún legales en un puñado de países alrededor del mundo, hace mucho que dejaron de serlo en España. Cuando Laura aún no cumplía diez años se acostumbró a acompañar a su padre alrededor de Cantabria a presenciar gallos descarándose sin tregua. Gallos armados de espolones amarrados a las patas arrancándose las plumas en cuadriláteros con piso de arena. Laura relata que su padre dedicaba gran parte de su tiempo al quehacer de estos animales. Trabajaba con gran esmero en sus patas, muchas veces bastante magulladas, les cortaba la cresta (la cual de otro modo era rebanada en cualquier pelea), les limaba las uñas, les rapaba el pico, los alimentaba y cuando llegaba el día de la pelea, los metía en una caja que debía ser mantenida herméticamente cerrada. Un orificio pequeño salvaba al gallo de morir asfixiado en el trayecto entre la casa y el lugar donde se llevaba a cabo la pelea. Según don José Luis García, los animales se mantenían calmos si eran transportados en cajones oscuros. De aquellas jornadas Laura recuerda con alegría cómo al final de cada pelea, su padre la llevaba a comprar lenguas de gatos, golosinas de hojaldre que disfrutaba y que aún traen remembranzas acogedoras a su memoria. Era una fiesta cada vez que su padre venía a casa de los abuelos y la llevaba asida de la mano a sus andanzas.
Laura y su padre llevaban una relación de cercanía que ella recuerda con agrado. En sus memorias, se esconden relatos de su juventud en donde la imagen de su padre, que ella recuerda con nostalgia, aparece nítida.
¡Cómo no mencionar el aquel episodio en que don José Luis había vuelto de Colombia con un mono! Hacía ya un tiempo que él había partido a Sudamérica y dejado a Laura con sus padres. Los abuelos habían criado a la muchacha con todo el amor del cual eran capaces, no le faltaba nada. De sus andanzas en el continente americano no sabemos mucho, sin embargo, sabemos que un percance en el camino lo trajo de vuelta a España. Fue acusado de abandono de hogar por su mujer, Josefa, y tuvo que regresar. En su viaje de retorno, en una esas aventuras que suelen acontecer a los viajeros que caminan despreocupados, se halló enredado en un episodio que Laura nunca terminó de entender cabalmente. Según recuerda, un hombre, que bien pudo ser un traficante de animales o simplemente un humilde hombre de la selva, le ofreció un mono. Las condiciones en las que se desenvolvieron los hechos son desconocidas, pero la imaginación puede llegar a ser bastante generosa si alguien se empeña en inventar los acontecimientos. Con afán de hacernos una idea de los muchos escenarios posibles, y a la vez simplificando el dilema, digamos que un europeo perdido por la selva sudamericana puede hallar a dios y al demonio entre las sombras de los árboles. El hecho fue que José Luis, pensando en su hija y con ganas de hacer de ese esperado reencuentro una memoria inolvidable, compró un mono en algún país lejano del cual ni del nombre nos enteramos. Cuando Laura volvió a ver a su padre de vuelta en España, lo primero que advirtió fue el mono que colgaba del hombro de José Luis. La felicidad la desbordó. Sus ojos se iluminan con los pormenores de tales recuerdos.
José Luis García padeció de una enfermedad extraña, al menos lo era entonces. Comenzó con una atrofia en la mano que, poco a poco, se extendió al resto del cuerpo. Su mal radicaba en los músculos, que dejaron de reaccionar. Lo último en sucumbir fue la garganta, que, un día cuando recién llevaba 55 primavera en sus haberes, no permitió a José Luis continuar tragando.