El arte, compañía insaciable e inseparable
Su amanecer en el arte partió cuando sus abuelos, en una oda de amor a su nieta, dejaron la casa de campo, en Torrelavega y se instalaron en la ciudad, en un piso pequeño, pues así quedarían más cerca del estudio donde Laura tomaba clases. El señor Molinos, que un día llegó a Torrelavega a inspeccionar sus dibujos, les recomendó a los abuelos a que la llevasen a su estudio. Ese hombre, dice Laura, le recordaba mucho a lo que imagina debía haber sido Henri de Toulouse-Lautrec, pintor, caricaturista e ilustrador francés del siglo XIX, que dio vida a coloridas, elegantes y provocativas colecciones y que se conoce como uno de los mejores artistas de su época, entre los que también figuran Vincent Van Gogh y Paul Gauguin.
La sensación de cercanía entre el famoso francés y su profesor no radicaba solo en su obra o estilo, sino también en su fama de vividor. Se dice Henri de Toulouse-Lautrec conoció la vida íntima de los burdeles, de los cuales jamás salió. Así, asediado por el alcoholismo y las desventajas físicas, terminó siendo amante de prostitutas y un incansable bebedor.
El señor Molinos, también conocido como Paco, fue el maestro de Laura en sus inicios en la pintura. Paco pintaba retratos rigurosos de carnavales con mujeres desnudas y fiestas. Según Laura, Solano tenía mucha influencia en la pintura del señor Molinos. Un estilo dramático y categórico donde abundaban las sombras y los tonos oscuros. Durante el régimen de Franco mucho de los carnavales de los pueblos, tan típicos de España, estaban prohibidos, y, quizás, por eso Molinos los retrataba. Cuenta Laura que uno de los cuadros que más recuerda se titulaba “Charanga del Barullo y del Chupete”, del cual, mucho tiempo después, llegó a entender el significado tanto del contenido como de su título. El señor Molinos era inválido y solo podía mover, torpemente, una mano con la que pintaba. Era alcohólico y tenía un diente de oro, el cual llevó a que Laura desarrollase un odio inexplicable por tales fantasías en la dentadura.
Mientras Laura trazaba pincelazos de óleo en lienzos pálidos, le preguntaba al señor Molinos, que observaba detrás de ella, cómo estaba quedando su obra y este le respondía que se parase en el lugar donde él se situaba a sus espaldas. “Ahora mira”, le decía “¿Ves algo mal?” Laura reposaba su mirada en lo que recién había pintado y se transportaba, tal y como le indicaba su instructor, a imaginar que no lo había pintado ella. Entonces, solo cuando se distanciaba de sus emociones de autora, lograba ver los detalles inconclusos, los colores desentonados y las medidas que no cuadraban. Nunca Molinos le indicó que cambiase de colores ni que ajustara algo en particular: su pedagogía se resumía a la práctica y a hacer que ella viese con sus propios ojos lo que le hacía falta observar.
Laura, quien por las tardes asistía al colegio y, por las mañanas al estudio, siguió esta disciplina por un largo tiempo y, así, avanzó mucho en las artes de la pintura.
De adulta siguió en sus afanes artísticos y pasaba tardes enteras pintando los picos de Europa en el campo, en Potes, un precioso pueblo estilo medieval ubicado en la comarca de Liébana. Allí se quedaba durante horas sin importarle que la gente la mirase como a un bicho raro al ver a una mujer “perder su tiempo” con un pincel y un lienzo. Expuso en muchas galerías de Cantabria. La mayoría de sus cuadros se vendieron como pan caliente y de los pocos que aún quedan en casa, guarda el primero de todos, que pintó cuando tenía sólo 15 años y en el que se detalla una mujer trigueña semidesnuda con un pecho descubierto. Lleva una especie de túnica blanca que abriga la mitad de su dorso y parte de su cabeza. El fondo del retrato es oscuro y se confunde con las sombras sobre el costado derecho del rostro de la muchacha. En él, únicamente se distingue un haz de luz que emana calor sobre el costado izquierdo de su cuerpo.
“Martin Fierro”, la obra maestra de José Hernández, fue uno de los libros que más marcó la juventud de Laura. A pesar de que la sacrificada vida del gaucho la sacudió, Laura recuerda un cierto aire alegre entre aquellas páginas lejanas. Por ello, décadas después, cuando nos sentamos a conversar, un ejemplar de la obra aún se encuentra en la robusta y altiva estantería que rebosa literatura junto a una guitarra que duerme sobre un sillón esperando ser acariciada.
Su sueño de niña fue construir y vivir en una torre y Laura, que no quiso dejar de lado sus anhelos infantiles, ha dedicado los últimos años de su vida a esta tarea. Dice haberse enamorado de las piedras, de tallarlas y de darles vida nueva. Su casa, un verdadero museo, no solo exhibe la triunfante torre de sus sueños de antaño, sino que también forma parte de lo que es hoy su norteen el arte. Los cantos de las ventanas, los detalles de piedras incorporados en las puertas, las decoraciones interiores, todos motivos artísticos nacidos de su mano laboriosa dan vida a los que antes no eran más que piedras secas y olvidadas.