Oda a Laura

Las direcciones de cómo llegar a casa de Laura eran “precisas”, una vez llegara al pueblo, que según Agar, lo reconocería con facilidad, y viera el lavadero (entiéndase que las concepciones de lavadero difieren de continente en continente), tenía que hacer una derecha. Luego debía seguir el camino todo recto hasta que pasara tres casas del costado izquierdo y otras dos del costado derecho (o algo así). Al final encontraría un castillo pequeño -o, tal vez dijo una torre-, una edificación única, rodeada de murallas de piedras y bien resguardada por un portón negro de gran penacho. Esa es la casa de mi madre- dijo Agar, hija de Laura y una amiga entrañable, mientras me entregaba las llaves de su coche. Me recibieron dos perros, Laura, su esposo Chichi y una paella que cocinaban debajo del galpón, en el patio delantero. El pueblo llevaba por nombre San Vicente del Monte. La región, Cantabria. El país, España.

Antes de sentarnos a conversar, Laura me llevó a pasear. Fuimos a Comillas, primoroso pueblo cantábrico. Allí nos deleitamos, desde la lejanía de las murallas que lo acorazaban, con El Capricho de Gaudí, uno de los lujos arquitectónicos que el renombrado arquitecto catalán edificara a lo largo de España al final del siglo XIX. No pudimos entrar, estaba cerrado así que seguimos vagando por las inmediaciones del edificio y por el pueblo. Compramos un par de cosas que hacían falta para el almuerzo en un almacén de muy buen talante donde nos atendió otra hija de Laura, Andrea. Andrea iba vestida de un blanco intachable. Allí vendían quesos, jamones, aceitunas y cosas de ese estilo que a mis ojos parecían deliciosas. Charlaron ella y su madre por unos minutos, acordaron quién llevaría qué para comer y partimos Laura y yo a seguir recorriendo las callecitas adoquinadas de aquel pueblo de calles angostas y edificios medievales. Al final del tramo turístico, partimos de vuelta a San Vicente del Monte, no sin antes comer pinchos y tomar un par de cañas en el bar donde gran parte de los vecinos del pueblo se reúnen a festejar la llegada de cada siguiente día. Todos, muy alegres, muy acogedores. Entre ellos, conocí a Katherine, mujer de la cual se enterarán en otro episodio de este diario de recoger memorias.

Me reuní con Laura el pasado enero y hoy, 25 de septiembre de 2019, inspirado por la celebración de su 69 cumpleaños, he resuelto retomar la pluma y relatar su historia. Esta mujer de ojos voraces, sonrisa fácil y humor a flor de piel se crió con sus abuelos, experimentó en el arte toda la vida, se casó a los 19 años y a los 38 se separó. Pasó tiempos difíciles con cinco críos a cuestas, pero se las arregló. Trabajó en múltiples tareas sin nunca dejar de lado su rol de madre soltera, madre presente. Siete años más tarde conoció a quien finalmente se convertiría en el amor de su vida, su actual esposo, Chichi.

La historia de la vida de Laura no cabe en estas páginas: no alcanzan, por mucho que las estire con letras desmayadas en líneas eternas… Estas hojas seguirían siendo pocas, no podrían hacer justicia y relatar cabalmente la historia de una mujer valiente, resuelta, humilde y sonriente. Estas páginas son meramente una oda: mi “Oda a Laura”.

Nombre Completo: Laura García González.

Madre: Josefa González.

Padre: José Luis García.

Edad: 69 años.

Fecha de Nacimiento: 25 de septiembre de 1950.

Sueño de juventud: vivir en una torre.

 

 

Las direcciones de Agar…

Rodrigo Pena-Lang1 Comment